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Autor: Carlos

El Rito Escocés Antiguo y Aceptado (REAA)

En Masonería se practican diferentes ritos que tienen por objeto inspirar el perfeccionamiento moral, ético, intelectual y espiritual del masón a través del simbolismo. Todos tienen sus características peculiares y un consejo o autoridad reguladora cuyas decisiones afectan sólo a los masones que practican el Rito en cuestión.

Sin embargo, con independencia del Rito que libremente elija una logia, sus miembros siempre deben reconocerse y tratarse como «hermanos» por todos los francmasones del mundo.

El REAA se creó en 1802 a raíz de un a circular emitida a todo el mundo por el “Supremo Consejo del grado 33 para los Estados Unidos”, que se había constituido en Charleston (Carolina del Sur) el 31 de mayo de 1801. En dicha circular se desvelaba la creación de un nuevo sistema masónico formado por 33 grados: el Rito Escocés Antiguo y Aceptado; es trataba de una síntesis de diferentes ritos donde se incluían los 25 grados del Rito de Perfección de Étienne Morin y ocho grados más, pertenecientes a otros sistemas del Régimen escocés,

El cumplimiento de los criterios de regularidad del REAA que se adoptaron en el Convento de Lausana en 1875 han facilitado que, en la actualidad, todos los Supremos Consejos del REAA de diferentes países formen parte de la Asociación Internacional Masónica Escocesa (AIME) y que se reúnan periódicamente para celebrar reuniones fraternales.

En el REAA, los tres primeros grados se denominan grados “simbólicos”, que son las etapas fundamentales del recorrido masón: Aprendiz, Compañero y Maestro. Sus trabajos se realizan en el seno de logias simbólicas o azules.

Los grados del 4º al 33º son los llamados grados “filosóficos», los cuales están integrados en otra organización masónica sólo existente en el REAA, denominada Supremo Consejo.

Estos grados filosóficos se agrupan en los «talleres superiores» siguientes: Las logias “de perfección”, que trabajan del 4º al 14º; los “Capítulos Rosa-Cruz” que lo hacen del 15º al 18º; los “Areópagos”, del 19º al 30º; los “Tribunales”, que sólo trabajan en el grado 31; los Consistorios, que lo hacen en el 32º y el Consejo Supremo, formado por los Soberanos Grandes Inspectores Generales del grado 33.

En el año 1870, surgió en Francia la denominada «querella del Gran Arquitecto del Universo». Un grupo de masones conocidos como «los innovadores» querían suprimir, en nombre de la libertad de conciencia, la obligación de invocar al «Gran Arquitecto del Universo». (3)

En 1872, el Gran Oriente de Bélgica modificó el art. 12 de sus Estatutos y Reglamentos Generales y eliminó la referencia al Gran Arquitecto del Universo y la obligación de invocarlo. Este hecho marcó un importante punto de inflexión, pues supuso una clara y definitiva ruptura con la Tradición masónica regular y con los antiguos Usos y Costumbres de la Orden.

En septiembre de 1875 se reunieron en Lausana (Suiza) los veintidós Supremos Consejos del REAA entonces existentes y aprobaron un “Manifiesto” que incluía una “Declaración de los Principios del Rito” y se dio a cada Supremo Consejo la libertad de adaptar los rituales a las necesidades de su Jurisdicción. Entre las medidas importantes que se acordaron podemos destacar las siguientes:

  • Se proclama la existencia de un “Gran Arquitecto del Universo» para tratar de conciliar una proyección universalista del principio creador, diferente del concepto tradicional o religioso de Dios y respetuoso con la libertad de conciencia de cada masón, Esta concepción se puede entender como “deísmo” filosófico (frente a la idea de “teísmo”) y tiene una clara intención integradora.
  • No se imponen límites a la búsqueda de la Verdad, exigiendo a todos los masones la práctica de la tolerancia con el fin de garantizar una completa autonomía en este proceso de investigación.
  • Se abre la francmasonería a todos los hombres libres y de buenas costumbres, sin discriminación de nacionalidad, raza o creencias y se prohíbe toda discusión política o religiosa en el interior de las logias para promover la concordia.
  • Se manifiesta que la Francmasonería tiene como fin luchar contra la ignorancia en todas sus formas, afirmando que no es una religión, que no tiene culto y que promueve una instrucción laica. Un masón debe obedecer las leyes del país, vivir con honor, practicar la justicia, amar a sus semejantes, trabajar sin desfallecer por el bien de la humanidad y perseguir su emancipación progresiva y pacífica.

La esencia del REAA se fundamenta en la búsqueda del Ser, en el encuentro con uno mismo mediante el trabajo interior. Sus valores tradicionales, iniciáticos y espiritualistas, ofrecen al masón la posibilidad de acceder a una vía de perfeccionamiento progresivo y continuo.

(Este artículo de libre redacción está basado, no obstante, en un artículo de Pablo Bahillo Redondo publicado en “Cultura Masónica” el 20 diciembre de 2020)

Ser masón… ¿es algo anticuado?

En la actualidad ser masón tiene el mismo sentido que lo tuvo hace tres siglos, solo que adaptado a los tiempos actuales.

Hoy en día, la masonería sigue teniendo esa función de antaño de centro de unión, de ámbito capaz de acoger a todos los ciudadanos que buscan directamente la Luz sin distinción de origen, de credo o de lengua y que puede ayudar a descubrirse y a reconocerse mutuamente como hermanos.

En una sociedad como la actual, dogmática, mediática y condicionada, la logia es uno de los pocos espacios que permiten la búsqueda de una verdad, de una razón, pero de la verdad de cada uno; de una verdad como mínimo, no condicionada, no dogmática, no estratificada por determinados complejos de poder, sino todo lo contrario. Esa sería la verdadera esencia del espacio masón, que constituye la unidad de una serie de personas libres en busca de la luz de la razón que permita construir, si se prefiere decirlo así, un nuevo «poder», el poder de la razón, de la lógica, de la justicia, y de la solidaridad.

En muchos sitios la gente va a hacer preguntas para recibir respuestas, o se compra manuales de autoayuda, pero en una logia se realiza un trabajo de construcción; no hay alguien que hace preguntas y otro que da respuestas, sino que todo el mundo ensaya pulir su propia piedra bruta a fin de poder aportar alguna cosa a la construcción del edificio común de la humanidad, pero sin ninguna pretensión de que su aportación sea definitiva, verdadera u obligatoria, entregándola, simplemente como un avance que contrasta con los avances de los demás.

 

Pero la masonería no es solo un espacio en el que se puede reflexionar, es dos cosas a la vez y no puede dejar de ser ninguna de las dos si quiere seguir siendo masonería. Es una sociedad de pensamiento pero también una Orden Iniciática, por tanto es una institución que, con las herramientas de la tradición -de los constructores de catedrales-, busca en la libre interpretación de los símbolos una vía de crecimiento personal, que se plasma gráficamente en la existencia de los tres grados simbólicos – aperndiz, compañero y maestro-, que marcan ese camino individual.